
Después de tres años de seducción y conquista y casi cinco de noviazgo, mis padres se casaron un 18 de junio de 1966 en la iglesia de San Agustín de Ayacucho. Fue una hermosa y solemne boda que contó con la presencia de ambas familias, extensas por naturaleza y dispersas en diferentes ciudades del Perú, la de mi padre ocho hermanos y la de mi madre diez, sin contar los que fallecieron a los pocos años de nacidos ni las innumerables pérdidas de las abuelas.
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Mis viejos se desesperaron por encargar rápidamente el advenimiento de su heredero, no sé si traído por una cigüeña parisina, un cóndor de Apacheta o un kilinchu de Watatas, mas no fue hasta después de dos años que mi madre se embarazó colmando de alegría a la familia y dando tranquilidad a mi ansioso padre al que ya los amigos fastidiaban con la típica sentencia: “Eres un yaku leche”.
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El embarazo fue llevado con normalidad, y comenzaron a seleccionar nombres para el que iba a nacer. Mi madre, fiel católica, conservadora, respetuosa de la cristiandad y ferviente seguidora de los dictámenes de la Santa Madre Iglesia, propuso que cuando naciera el bebé si fuera varón llevara José como primer nombre, emulando al padre de Jesús, y si era mujer, María, igual que la madre del Mesías. Mi padre se encargaría de poner el segundo nombre en ambos casos.
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Al cumplirse los nueve meses de gestación se presentaron problemas para el parto, el cual se retardó un tiempo considerable y cuando el bebé nació un 30 de marzo de 1968 apenas pronunció un leve grito lastimero, lo llamaron José Enrique, el segundo nombre fue el mismo que el de su abuelo paterno. El bebé por el retraso tragó grandes cantidades de meconio que irremediablemente terminaron por arrebatarlo de los brazos de mi madre a los dos días de nacido.
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Mis padres acabaron destrozados, cuentan los que lo vieron, que mi viejo se aferró con todas sus fuerzas al pequeño ataúd del bebé para impedir que lo enterraran, bañado en lágrimas y con un torniquete en el estómago no le quedó más que ceder a lo inevitable.Tuvieron que esperar otros dos años para que mi madre volviera a concebir, pues al perder abundante sangre quedó anémica, su ginecólogo René Cervantes le prohibió embarazarse por lo menos durante un año, periodo en el cual debería usar cualquier método anticonceptivo. Ella, una abnegada creyente fue donde su confesor a exponerle el caso, para su indignación el cura no le quiso dar la absolución si seguía cuidándose, eso había que dejarlo en manos de Dios.
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Cuando mi madre se embarazó ya su organismo estaba en plenas condiciones, supongo que el día de mi concepción mis viejos tuvieron una encerrona como mandan las leyes del hedonismo más radical, de esas que se recuerdan toda la vida, para procrear al que a la postre sería su hijo primogénito. Una enfermera de las que la atendió en el primer alumbramiento, le aconsejó que para evitar los síntomas y malestares propios del embarazo debería ingerir una botella de cerveza en el almuerzo. Desde entonces, mis progenitores bebían todos los días el contenido de un frasco, aunque mi viejo era el que tomaba más, la dosis que le tocaba a mi madre era suficiente. Yo que ya estaba en plena formación me emocionaba cada vez que sentía el líquido vital ingresando en la garganta de mamá, mi cuerpo se empapaba de cerveza y daba saltos de emoción. Cada día al notar que ya la hora del almuerzo se acercaba me ponía inquieto, daba piruetas y volantines hasta que me tranquilizaba cuando la espuma y las burbujas ingresaban para calmar mi sed.
Así transcurrieron los nueve meses de borrachera, yo había cogido cuerpo, pesaba mis buenos kilos y ya estaba listito para venir al mundo. Al nacer me pusieron el mismo primer nombre elegido para el varón, es decir José, seguido de Wilfredo, como se llama mi padre. Nací un dos de abril de 1970, el mismo día en el que dos años atrás enterraban a mi hermano José Enrique.
Cuando me tuvieron en brazos, se les pasó por la cabeza casi automáticamente que su finado hijo había retornado a la vida, pues yo era idéntico a él, una copia exacta, salvo mi quijada que no era tan dibujada como la de mi hermano. Por lo demás era como si el tiempo se hubiera estancado y el dolor de haberlo perdido se transformó ahora en regocijo. Me puse nervioso y lo primero que hice fue pegarme al pecho de mi madre para succionarlo a fin de beber y beber la cervecita anhelada, esa que durante el tiempo de permanencia en el vientre de mamá me había alimentado y saciado la sed con su fragancia espumosa, su fuerza y vigor, y ese lúpulo consistente, pero el sabor no era el mismo, tuve que conformarme y colmar la ansiedad con esa blanca lechecita agria que le salía del pezón.
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Al menor estornudo me llevaban al médico, el doctor Sadot Torres, quien tras reiteradas llamadas telefónicas en la madrugada, les dijo que yo era un niño sano, lo que me sucedía era normal, y que por favor ya no lo perturben más. Santo remedio.
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Pasaron los primeros meses entre caricias y desvelos hasta que ya crecidito, medio en broma y medio en serio, empecé a beber cerveza en el chupón del biberón, para luego soplarme las sobras de las copas en las fiestas familiares, simple cuestión de supervivencia.
Aún ahora, en mis sueños, aparece el embrión Willy, ebrio y enrollado en su cordón umbilical, me mira fijamente a los ojos, hace un guiño cómplice y alza la mano como si sostuviera un vaso de cerveza diciéndome: “Salud, huevón”.
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